viernes, octubre 10, 2008

Puente

Mis ojos te buscan. En algún lugar. Un poco de noche, o de madrugada, porque hace frío; así lo creo. Levanto las solapas de mi abrigo. Papeles de colores por el suelo. Crujientes bostezos esos que tostados con mantequilla saben tan rico. El tren, si. Tus labios bermejos. Un cigarro alargado, una boquilla oscura que lo afirma delicadamente. Un abrigo negro que cubre ese vestido magenta que adoro. Miras desde el balcón como las llanuras yermas nos despiden. Nunca pudiste hacer círculos con el humo que exhalas con esa parsimonia que me hace imaginarnos mirando las estrellas en las faldas de un cerro con el cielo cargado de pueriles luces que brotan dejando a su paso estelas que a la distancia parecen platinadas, allí cuando veo el humo que se mezcla con el magenta, nos imagino, yo abrazado a ti con un frío que hiela el vaivén de la hacama que hace tantos años atrás dejamos en su constante danza acompasada por esos colibríes  hambrientos que intentamos casi en vano fotografiar. El humo magenta me lo recuerda. Los carriles avanzan con una rapidez abismante. Intento detener el tiempo para besar esos labios que miro a través de un haz de luz que se fuga del yugo de las persianas verdecubista que cubren las ventanas del movimiento hacia nuestro nuevo destino. Mi cuerpo tirita, pero no de frío, sino de esa anagnórisis, esa verdad que despierta  por  nuestros vientos. Las estelas desambigüan el infinito universo oscuro y reímos nerviosamente asombrados de lo maravilloso que significa participar en ese rito llamado noche estrellada, esa que nos hace imaginar un futuro donde tus labios bermejos se conjuguen con un vestido magenta prisionero de un abrigo negro atado a mis abrazos mixtura noche madrugada para decirte entre círculos de humo que aprendiste alguna vez a hacer, que te amo.